Busca "itinerario Japón 14 días" y te van a salir casi todos calcados: Tokio, Kioto, Osaka y, de relleno, Hakone o el monte Fuji. Este no es ese. Es la ruta que hice yo, día a día, con dos cambios que acabaron siendo de lo mejor del viaje: cambié Hakone por una excursión a Nikko y metí una noche en Kanazawa, una ciudad que casi nadie incluye.
Te la cuento entera para que la copies tal cual o la recortes a tus días. Si todavía no tienes claro cuántos necesitas, míralo primero en cuántos días necesitas en Japón. Si ya lo tienes, seguimos, que vamos jornada por jornada.
La ruta de un vistazo
Catorce días, cinco bases, más o menos de norte a sur para no dar rodeos: seis días en Tokio (uno de excursión a Nikko), una noche en Kanazawa, cuatro en Kioto (con un día en Nara), día y medio en Hiroshima y Miyajima, y el cierre en Osaka con una mañana en Himeji. Todo en tren, sin coche.
Un aviso antes de empezar: yo fui en pleno verano, con un calor que condiciona de verdad. Por eso verás que casi cada día saco lo de aire libre a primera y última hora y guardo los interiores para el mediodía. Si viajas en primavera u otoño lo tendrás mejor de clima, aunque con más gente.
Días 1 a 6: Tokio
Seis días te parecerán muchos hasta que llegas. Tokio no es una ciudad, son varias pegadas, y cada barrio pide su rato. Yo me alojé en Asakusa las seis noches, en el APA Hotel Kaminarimon, y fue de las mejores decisiones: es un barrio tranquilo y tradicional, y te permite ver su templo, el Sensō-ji, casi vacío a primera hora y otra vez de noche iluminado, que es cuando de verdad merece la pena.
Día 1 — Tokio este, el lado tradicional. Empecé por lo de casa: Asakusa, Kappabashi (la calle de los cuchillos y las réplicas de plástico de comida), Ryōgoku y el Skytree. Un consejo que no verás en las guías: el mirador gratuito del centro de turismo de Asakusa, sin colas y sin pagar, te da una de las mejores vistas del Sensō-ji y el Skytree. Y el Skytree, por cierto, impresiona más desde fuera, como silueta, que subiendo: desde arriba la ciudad es tan inmensa y uniforme que cuesta reconocer nada.
Día 2 — Tokio antiguo y otaku. Por la mañana, los callejones de Yanaka, el Tokio de casas bajas que sobrevivió a las guerras. Por la tarde, Akihabara. Akihabara divierte aunque no seas otaku, pero te aviso: después de tres o cuatro tiendas de figuras y máquinas empieza a saturar, todas se parecen. Guárdate energía.
Día 3 — Excursión a Nikko. Aquí está el primer cambio respecto a la ruta de siempre. En vez de Hakone, me fui a Nikko, un par de horas al norte. El santuario Tōshō-gū, hiperdecorado y metido en un bosque de cedros enormes, fue el monumento que más me impresionó de la excursión. Pero lo que la remató fue la parte de naturaleza: la carretera de curvas de Irohazaka, la cascada de Kegon y el lago Chūzenji. Después de dos días de barrios y templos urbanos, ese cambio de paisaje sienta como agua. Si dudas entre Nikko y lo típico, para mí Nikko gana.
Día 4 — Tokio del agua y del futuro. Mañana en el mercado exterior de Tsukiji picoteando de puesto en puesto: divierte, aunque es más caro y turístico de lo que esperaba. Luego Ginza, que me interesó por su arquitectura y sus depachika (los sótanos de comida de los grandes almacenes, una experiencia en sí misma), no por las tiendas de lujo. Y por la tarde, teamLab Planets. Es turístico hasta decir basta, pero da igual: algunas salas justifican la entrada ellas solas. No es un decorado para Instagram, es mejor que eso.
Día 5 — Tokio joven y de diseño. Harajuku, Omotesandō y Shibuya. Aquí subí a Shibuya Sky, y fue mi mirador favorito de todo el viaje, claramente por encima del Skytree. La diferencia es que está al aire libre y a una altura desde la que reconoces el cruce y la ciudad a tu alrededor, en vez de mirar una alfombra de edificios desde muy lejos.
Día 6 — Tokio de neón y subcultura. Shinjuku, Nakano y Shimokitazawa. Shinjuku es el Tokio más agresivo de la vista, puro caos de luces; los callejones famosos de Omoide Yokocho y Golden Gai son fotogénicos pero bastante más turísticos de lo que venden. La sorpresa del día fue Nakano Broadway: si te va rebuscar entre rarezas y coleccionismo, me gustó más que Akihabara, más auténtico y menos prefabricado.
Días 7 y 8: Kanazawa
El segundo cambio de la ruta, y el que más gente se salta. Kanazawa es una ciudad mediana entre Tokio y Kioto, y fue una de las mayores sorpresas del viaje: te da buena parte de la riqueza cultural de Kioto (barrio de samuráis, casas de té, castillo, uno de los jardines más famosos de Japón) con una fracción de la gente.
Día 7 — La ciudad de los Maeda. El mercado de Ōmichō, donde comí de los mejores pescados y sushi del viaje, mejor que en Tsukiji. El barrio samurái de Nagamachi, el llamado Templo Ninja (curioso por sus mecanismos y escaleras ocultas, pero ojo: el nombre engaña, no va de ninjas de verdad), y los barrios de casas de té. De los dos, Kazue-machi me gustó más que el famoso Higashi Chaya: más pequeño, más silencioso, menos gente.
Día 8 — El jardín, y a Kioto. Madrugué para ver Kenroku-en, el gran jardín, casi vacío. Verlo temprano cambia la visita por completo. Confirma su fama, aunque, tras tantos jardines espectaculares en Japón, no lo sentí en una categoría aparte. A media mañana, tren a Kioto. Aproveché la tarde para el centro: Sanjūsangen-dō, una sala con mil y una figuras doradas que fue una de las mayores sorpresas de todo el viaje, y Gion al caer la noche, que es cuando de verdad se disfruta, sin los grupos del día.
Una noche se me quedó corta en Kanazawa. Si puedes, dale un día entero; es lo único de toda la ruta que cambiaría.
Días 9 a 11: Kioto (y Nara)
Kioto fue lo más impresionante culturalmente y también lo más agotador, por el calor, las distancias y la acumulación de templos. La clave aquí no es ver más, es elegir bien las horas y aceptar que no vas a verlo todo.
Día 9 — La franja de Higashiyama. Kiyomizu-dera, su templo más famoso, una gran terraza de madera sobre la ladera, a primera hora sí merece la fama; las cuestas de Sannenzaka y Ninenzaka, en cambio, se llenan rápido y pierden su encanto a media mañana. Sube luego hacia Nanzen-ji, cuyo acueducto de ladrillo fue una imagen inesperada que recuerdo más que varios templos importantes, y termina en Ginkaku-ji, el Pabellón de Plata, que me gustó más de lo que esperaba, incluso más que el de Oro como experiencia completa.
Día 10 — Arashiyama y el Pabellón de Oro. Aquí toca una decepción honesta: el bosque de bambú de Arashiyama es más corto y estrecho de lo que parece en las fotos, y con tanta gente pierde casi toda la magia. Lo mejor de la zona estaba fuera del bambú: los jardines de Ōkōchi Sansō y los templos tranquilos del norte, Gio-ji y Jōjakkō-ji, donde recuperé la calma que iba a buscar. Por la tarde, Kinkaku-ji, el Pabellón de Oro: impresiona en el primer vistazo, pero la visita es breve y muy dirigida, haces la foto y sigues.
Día 11 — Nara y los diez mil torii. Excursión a Nara, y no solo por los ciervos, que además son bastante más agresivos de lo que parecen en cuanto hueles a galleta. Lo grande es Tōdai-ji y su Gran Buda, mucho más impresionante de lo que esperaba, y un rincón que fue de mis favoritos, Nigatsu-dō, con sus vistas y mucha menos gente. De vuelta, guardé Fushimi Inari, los túneles de miles de puertas naranjas, para el final de la tarde: cuanto más subes y más cae el sol, menos gente y mejor luz. Y no hace falta llegar a la cima para disfrutarlo; lo importante es alejarse de la entrada.
Días 12 y 13: Hiroshima y Miyajima
Día 12 — Hiroshima y la llegada a la isla. El Museo Memorial de la Paz fue la experiencia más intensa del viaje; al salir necesité un rato antes de seguir con nada. Hiroshima, además, es una ciudad mucho más viva y normal de lo que esperas, y esa normalidad hace su historia todavía más fuerte. Por la tarde, el movimiento clave de la ruta: en vez de visitar Miyajima como excursión de día, me fui a dormir a la isla, a un ryokan tradicional junto al santuario. Es la mejor decisión logística que tomé. Vi el torii primero con marea baja, caminando por debajo, y después flotando e iluminado de noche, con la isla vacía y los ciervos paseando por calles sin nadie. Pasas de hacer una foto famosa a vivir uno de los momentos más especiales del viaje, y no te cuesta ni un día extra.
Día 13 — La isla, y a Osaka. Por la mañana, el santuario de Itsukushima y, sobre todo, Daishō-in, un templo lleno de rincones, estatuas y detalles raros que me gustó más que el propio santuario famoso, y con mucha menos gente. La subida al Monte Misen fue más dura de lo que parecía sobre el papel, incluso con teleférico, y el calor me quitó parte del disfrute. Por la tarde, tren a Osaka, que estrené de noche por Shinsekai y Dotonbori. Osaka funcionó como descompresión perfecta después de tanto templo: neón, ruido y comida, sin nada que contemplar. Shinsekai me gustó más que Dotonbori por su estética algo decadente y de barrio, y a pocos metros del caos de Dotonbori está Hōzenji Yokocho, un callejón de otro mundo que fue uno de mis rincones favoritos.
Día 14: Himeji y cierre
Día 14 — El castillo, y a casa. Dediqué la última mañana a Himeji en vez de al Castillo de Osaka, y fue claramente la decisión correcta: la aproximación desde la estación, la estructura original y el interior justifican de sobra el desplazamiento. Eso sí, prepárate, porque es más exigente de lo que esperas, con escaleras empinadas y parte de la visita en calcetines. Antes del vuelo, una última parada gastronómica en el mercado de Kuromon. Y un apunte de comida para el camino: probé el okonomiyaki en sus dos versiones y me quedo con el de Hiroshima, por las capas y los fideos, sobre el de Osaka.
Qué cambiaría de esta ruta
Casi nada, y eso ya te dice que funcionó. Solo una cosa: a Kanazawa le daría un día entero en vez de una noche. Y si repito, el reparto cambia en una única dirección: menos iconos famosos y más barrios tranquilos y ciudades pequeñas, que es de donde me traje los mejores recuerdos.
Si vas a copiar la ruta, quédate al menos con las tres decisiones que más la cambiaron, porque ninguna te cuesta días extra, solo cambian dónde los pones: cambiar Hakone por Nikko, meter Kanazawa, y dormir en Miyajima. Con esas tres ya tienes un viaje distinto al del resto.