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Qué ver en Tokio: guía por barrios tras 6 días reales

Lo primero que tienes que entender de Tokio es que no es una ciudad, son muchas ciudades pegadas. Y ese es el error con el que casi todo el mundo llega: intentar "ver Tokio" como si fuera Roma o París, con un centro y los monumentos alrededor. Aquí no hay eso. Hay una colección de barrios enormes, cada uno con su carácter, y saltas de uno a otro en metro como quien cambia de país. Asakusa, tranquila y de templos, no tiene nada que ver con el neón agresivo de Shinjuku, ni con el exceso friki de Akihabara, ni con la elegancia de Ginza.

A mí el viaje me mejoró en cuanto dejé de tratar Tokio como una ciudad y empecé a tratar cada día como un destino distinto. Así que esta guía de qué ver en Tokio va igual, barrio a barrio: qué ver en cada uno, qué merece la pena de verdad, qué me saltaría y algún truco de horario. Y antes de eso te dejo mi reparto real de los seis días, que es lo que a mí me habría ahorrado más tiempo de planificación. Voy a explicarte cada sitio como si fuera tu primera vez en Japón, porque probablemente lo sea. Si aún estás cuadrando el viaje entero, mira antes cuántos días necesitas; y si quieres ver cómo encajé Tokio dentro de la ruta completa, está en el itinerario día a día.

Cuántos días necesitas en Tokio

Le dediqué seis días y no me sobraron, y a ti tampoco te van a sobrar. La cuenta que a mí me funcionó: cinco días para recorrer los grandes barrios sin correr, y un sexto para una excursión y salir de la ciudad (yo me fui a Nikko). Si tu Tokio baja de cuatro días vas a tener que renunciar a barrios enteros, y no pasa nada, pero elige con cabeza. Con tres o cuatro días, quédate con los tres Tokios que de verdad son distintos entre sí:

  • uno tradicional: Asakusa.
  • uno joven: Shibuya y Harajuku.
  • uno de neón: Shinjuku.

Por debajo de tres días, Tokio se te queda en un aperitivo.

Mi reparto: cómo agrupé los seis días

Esto es lo que de verdad marca la diferencia entre agobiarte y disfrutar Tokio: no ir dando saltos por la ciudad, sino agrupar cada día por zona. Tokio es tan grande que un traslado mal pensado te come una hora fácilmente. Así que junté cada jornada por barrios que caen cerca, con una lógica sencilla que te recomiendo copiar: lo de aire libre y lo que se llena de gente, a primera hora; los interiores con aire acondicionado, en el pico de calor del mediodía; y un mirador o una zona de neón para rematar al caer la noche. Este fue mi reparto:

  • Día 1 — El este tradicional (Asakusa y alrededores). Empecé por mi propio barrio, que es el que menos transporte gasta y el mejor para orientarte sin estrés el primer día: Sensō-ji al amanecer, el mirador gratis de Asakusa, la calle de las cocinas de Kappabashi, el barrio del sumo de Ryōgoku, y Ueno con su mercado. Lo rematé con el contraste perfecto: el Skytree iluminado de noche, a un paso del hotel.
  • Día 2 — Lo viejo y lo friki (Yanaka + Akihabara). Las dos caras más opuestas de Tokio en un día. Por la mañana, el Tokio de madera de Yanaka, lento y silencioso; por la tarde, el caos de neón y figuras de Akihabara. En medio, un par de santuarios que hacen de bisagra entre el Tokio espiritual y el otaku.
  • Día 3 — Excursión a Nikko. El día de salir de la ciudad. Templos Patrimonio de la Humanidad entre montañas, un lago y una cascada, y de propina, aire fresco lejos del horno de agosto.
  • Día 4 — Comercio, mar y futuro (Ginza y la bahía). El picoteo de marisco de Tsukiji, la arquitectura y los sótanos gourmet de Ginza, el arte digital de teamLab en la bahía y el Tokio de ciencia ficción de Odaiba al anochecer.
  • Día 5 — El Tokio joven (Harajuku, Omotesandō y Shibuya). Del bosque-santuario de Meiji a la moda adolescente de Harajuku y al caos vibrante de Shibuya, con el mejor atardecer de la ciudad desde Shibuya Sky como remate.
  • Día 6 — Neón y subcultura (Shinjuku + Nakano). El barrio más intenso de Tokio, con su jardín imperial, su mirador gratis y el laberinto de Kabukichō, más un salto a Nakano, la meca otaku auténtica.

No es la única forma de hacerlo, pero funciona: cada día tiene su tema, no repite zona y alterna ritmos. Ahora te desgloso cada barrio con calma.

Dónde alojarte: por qué Asakusa

Me alojé las seis noches en Asakusa, en el APA Hotel Kaminarimon, y fue una de las mejores decisiones del viaje. Asakusa es el Tokio tradicional, tranquilo de noche y bien conectado, y tiene una ventaja que no ves hasta que la vives: te deja disfrutar su gran templo, el Sensō-ji, casi vacío al amanecer y otra vez iluminado de madrugada, cuando ya no queda nadie. Son dos caras completamente distintas del mismo sitio, y solo las pillas si duermes al lado.

Si Asakusa te suena "demasiado tradicional", tranquilo: estás a un par de paradas de metro de casi todo. Las otras zonas cómodas para un primer viaje son Shinjuku (el corazón del transporte, más caótico y con más vida nocturna) y Ueno (más barato, muy conectado y junto a la estación del tren a Kioto). Yo repetiría Asakusa sin dudarlo.

Cómo moverte por Tokio

Con metro y tren, y es más fácil de lo que parece. Sácate una tarjeta recargable Suica o Pasmo nada más aterrizar (la pasas por el torno y ya está; sirve para metro, tren y hasta para pagar en konbini y máquinas). Y muévete con la regla que a mí me funcionó: andar dentro de cada barrio, y coger el transporte solo para saltar de un barrio a otro.

Un aviso honesto, porque a mí me pasó: lo más confuso de Tokio no son los trenes, que son puntualísimos, sino orientarte dentro de estaciones gigantescas como Shinjuku, por la que pasan más de tres millones de personas al día, la más transitada del mundo. Tiene decenas de salidas y varias compañías bajo el mismo techo. No te agobies, ten paciencia con los carteles (están en inglés) y fíjate siempre en el número de salida que buscas; en un par de días le coges el truco.

Asakusa y el shitamachi: el Tokio de toda la vida

Es la zona con la que yo empezaría, y no solo porque durmiera aquí. Asakusa está en el shitamachi, la "ciudad baja": el Tokio popular de siempre, el de los templos, los artesanos y las callejuelas, que creció pegado al río Sumida, llano y trabajador, frente a las colinas del oeste donde vivían los samuráis. Aquí es donde mejor sobrevive el ambiente de la antigua Edo (el nombre de Tokio hasta 1868), y todavía hoy los gremios se agrupan por calles: los cuchillos en una, el menaje de cocina en otra, el sumo en un barrio entero.

El corazón de todo es el Sensō-ji, el templo budista más antiguo de Tokio, fundado en el año 645 y dedicado a Kannon, la diosa de la misericordia. Entras por la Kaminarimon, la "puerta del trueno", con su enorme farol rojo de 700 kilos y los dioses del viento y del trueno vigilando a los lados; cruzas Nakamise-dōri, una de las calles comerciales más antiguas de Japón, 250 metros de puestos de dulces y recuerdos; pasas la segunda puerta y llegas a la pagoda de cinco pisos y al gran salón. Fíjate en el caldero de incienso, donde la gente se "baña" en el humo para tener salud, y asómate al pequeño santuario shintoísta que hay justo al lado, uno de los pocos edificios que sobrevivió a la guerra. Mi consejo, que sí comprobé: ve a las ocho de la mañana. A esa hora está fresco y casi vacío; a media mañana es un hervidero.

Y aquí un truco que me encantó: justo enfrente de la puerta, el Centro de Turismo de Asakusa (un edificio del arquitecto Kengo Kuma que parece casitas de madera apiladas en vertical) tiene en la octava planta una terraza-mirador gratuita con una de las mejores vistas del barrio: Nakamise entera desde arriba, el templo y el Skytree al fondo. Sin colas y sin pagar. De esas recomendaciones que valen su peso en oro.

Detrás del bullicio, el barrio tiene un lado más callejero que la mayoría se pierde. Denbōin-dōri recrea el ambiente de la era Edo, y Hoppy-dōri es la calle de izakayas (las tabernas japonesas) donde se bebe de día y se come guiso de casquería. Pasas junto a Hanayashiki, el parque de atracciones más antiguo de Japón, de 1853, pura estampa retro. Y al anochecer, un paseo por el río Sumida desde el puente Azumabashi te regala la foto más famosa de la zona: el Skytree junto al edificio dorado de la cervecera Asahi, coronado por una escultura en forma de llama del diseñador Philippe Starck. Si te queda cuerda, el Don Quijote de Asakusa (un bazar-discount caótico de varias plantas, abierto hasta tarde) es una atracción en sí misma para ver qué compran los japoneses.

Con Asakusa de base tienes a un paso el resto del shitamachi, y da para un día entero:

  • Kappabashi, la "calle de las cocinas": unas 170 tiendas de cuchillos de chef, vajilla, moldes y las famosas réplicas de plástico de comida que ves en los escaparates de los restaurantes japoneses. Abren a las diez, no vayas antes o la encuentras cerrada.
  • Kuramae, un antiguo barrio de almacenes junto al río, hoy lleno de talleres artesanos, papelerías y cafés de especialidad, que los locales llaman "el Brooklyn de Tokio". El Tokio tranquilo y creativo, sin masas.
  • Ryōgoku, el barrio del sumo: aquí están el estadio nacional y muchos de los establos donde entrenan los luchadores. Aunque no coincidas con un torneo, el barrio entero huele a esa cultura, entras gratis a un pequeño museo del sumo, y puedes comer chanko-nabe, el guiso de olla con verdura, carne y pescado con el que se alimentan los luchadores, en locales llevados por exluchadores. Aquí, además, tienes el gran museo narrativo de la ciudad, el Edo-Tokyo, reabierto en 2026 tras años de reforma: no es de vitrinas, sino de reconstrucciones a tamaño real por las que caminas (hasta cruzas medio puente de Nihonbashi a escala 1:1). Si los museos normales te aburren, este es la excepción.
  • Ueno, con su gran parque de museos y templos (dentro tiene su propio Tōshō-gū cubierto de pan de oro, un estanque de lotos y hasta un zoo con pandas), y Ameyoko, un mercado callejero ruidoso y barato que se extiende bajo las vías del tren y que nació como mercado negro de posguerra. Cuatrocientos puestos de comida, pescado, dulces y bazar: puro Tokio popular y vivo, ideal para picar algo mientras callejeas.

Yanaka: el Tokio de madera que sobrevivió

Si quieres ver cómo era Tokio antes de los rascacielos, este es el sitio, y de mis rincones favoritos para ir solo. Yanaka forma parte de Yanesen (un nombre cariñoso que une Yanaka, Nezu y Sendagi), un trío de barrios contiguos que se libró tanto del Gran Terremoto de 1923 como de los bombardeos de 1945, algo rarísimo en una ciudad que ha ardido y se ha reconstruido una y otra vez. Por eso aquí siguen en pie las casas de madera, los templos diminutos, los baños públicos centenarios y las tiendas familiares. Es el Tokio más bajo, lento y gatuno, muy de artistas y artesanos, y se disfruta mejor a primera hora, mientras los vecinos abren las tiendas.

Piérdete por sus calles: el cementerio de Yanaka, arbolado y nada lúgubre, surcado por una avenida de cerezos, donde está enterrado el último shogun Tokugawa; el Hebi-michi o "camino de la serpiente", una callejuela que zigzaguea; la casa-estudio del escultor Asakura, una joya pequeña con jardín en la azotea; y galerías tan curiosas como una de arte contemporáneo montada en unos baños públicos de doscientos años. La calle estrella es Yanaka Ginza, la más castiza de la ciudad, una cuesta peatonal de tiendecitas familiares (croquetas, dulces, encurtidos, cerámica) famosa por sus gatos y por una escalera apodada "del atardecer"; cobra vida a partir de las diez, no antes. Y no te saltes el santuario Nezu, uno de los más antiguos de Tokio, que esconde un pequeño túnel de torii rojos (esas puertas naranjas en fila, versión de bolsillo del famoso Fushimi Inari de Kioto) que casi nadie conoce. Es un barrio para ir con calma y sin plan.

Akihabara y Nakano: el Tokio otaku

Akihabara, "Akiba", nació como un mercado de radios y componentes electrónicos en la posguerra y mutó hasta convertirse en la capital mundial del anime, el manga, los videojuegos y la cultura otaku (el término japonés para los grandes aficionados a todo esto). Es un barrio para perderse en vertical, planta por planta de cada edificio: tiendas de figuras y cómics de segunda mano como el laberíntico Mandarake (ocho plantas), templos del videojuego retro como Super Potato (con su propio rincón de recreativas), pasillos enteros de gachapon (máquinas de cápsulas sorpresa) y salones recreativos con torres de máquinas de garra y de ritmo. Cambia por completo al anochecer, cuando se enciende su mar de carteles luminosos.

Antes de bajar a Akiba, un detalle que me pareció de lo más japonés: en lo alto, entre el Tokio viejo y el friki, está Kanda Myōjin, un santuario de 1.300 años protector de los comerciantes que hoy vende amuletos para "proteger los aparatos electrónicos" y aparece en series de anime. Ese salto de lo sagrado a lo pop, sin transición, resume Japón entero.

Mi veredicto honesto de Akihabara: divierte mucho, aunque no seas especialmente otaku, pero satura. Después de tres o cuatro tiendas empiezas a notar que se parecen todas. Dosifícalo.

Y aquí una recomendación que casi nadie te da: si te va rebuscar y coleccionar, Nakano Broadway me gustó más que Akihabara. Es un centro comercial vertical de los años 60, a unos minutos en tren, lleno de tiendas de manga, figuras, relojes y coleccionismo retro de segunda mano, donde compra el aficionado japonés de verdad. Es más extraño, menos luminoso y con una sensación mucho más auténtica de rebuscar entre tesoros inesperados, sin el envoltorio turístico de Akiba. Para una primera toma de contacto, Akihabara; para el ambiente auténtico, Nakano.

Ginza, Tsukiji y la bahía: comercio, mar y futuro

Esta zona junta el Tokio del dinero clásico con el Tokio de ciencia ficción. Empieza por Tsukiji: durante 80 años albergó la lonja de pescado más grande del mundo, y aunque la famosa subasta de atún se mudó en 2018 al moderno mercado de Toyosu, el mercado exterior de Tsukiji sigue vivo y es el mejor sitio de la ciudad para comer marisco de puesto en puesto (tamagoyaki en pincho, erizo, atún, sushi). Ve con hambre. A mí me divirtió mucho, aunque te aviso de que es más caro y turístico de lo que imaginaba. Justo al lado puedes asomarte al jardín Hamarikyū, de la era de los shogunes, con un estanque de agua salada que sube y baja con la marea y una casa de té sobre el agua, todo enmarcado por rascacielos: el contraste jardín-Edo contra el cristal es purísimo Tokio.

De ahí saltas a Ginza, el barrio comercial más caro de Japón, reconstruido a la europea con ladrillo tras un incendio en 1872. Y aquí algo que quizá te sorprenda: a mí Ginza me interesó mucho más por su arquitectura (los grandes almacenes con jardín en la azotea, la papelería Itoya de doce plantas, los edificios de firma) y por los depachika (los espectaculares sótanos de comida de los grandes almacenes, un mundo gastronómico en sí mismo, ideal para un picnic gourmet) que por el lujo o las compras. No hace falta gastar un yen para disfrutarlo. A un paso tienes la monumental Estación de Tokio, con su fachada de ladrillo rojo de 1914, y en su sótano un pasillo de tiendas oficiales de Pokémon, Ghibli y compañía; y cerca, el Tokyo International Forum, un atrio de cristal de sesenta metros con forma de casco de barco invertido, gratis y de los interiores más impresionantes de la ciudad.

La segunda mitad de la zona es puro futuro. Cruzando la bahía en un tren automático sin conductor (el Yurikamome, elevado sobre el agua, con vistas de puerto) llegas a Toyosu y a teamLab Planets, un museo de arte digital inmersivo donde caminas descalzo, atraviesas salas con agua hasta la rodilla y suelos de espejo, y las proyecciones reaccionan a tu presencia. Es turístico hasta decir basta, sí, pero me pareció genuinamente espectacular: algunas salas justifican la entrada ellas solas, es bastante más que un decorado para Instagram. Reserva franja con antelación, que vuela. Y para rematar, Odaiba, una isla artificial que Tokio levantó en los años 90 como escaparate tecnológico, con un Gundam gigante de 19 metros que se ilumina y "transforma" de noche, el edificio de bola plateada de Fuji TV y el puente Rainbow iluminado al fondo: el Tokio más de película.

Harajuku, Omotesandō y Shibuya: el Tokio joven

El oeste moderno, el de las tendencias y el diseño, todo concentrado en poco terreno. Empieza temprano por el santuario Meiji Jingū, dedicado al emperador Meiji y escondido en un bosque de 100.000 árboles plantados a mano en pleno centro: se entra por enormes torii de madera, se pasan unos muros de barriles de sake y a primera hora lo recorres casi solo, un remanso fresco antes del caos.

Al lado tienes Omotesandō, apodada "los Campos Elíseos de Tokio", una avenida que es una clase de arquitectura contemporánea al aire libre, con tiendas firmadas por algunos de los mejores arquitectos del mundo, y su callejuela paralela Cat Street, de tiendas independientes; y Harajuku, con la calle Takeshita-dōri, epicentro de la moda adolescente kawaii (el término japonés para lo "mono") y de los crepes callejeros. Ojo: las tiendas de Takeshita abren sobre las diez u once, no antes, así que aprovecha para ver la arquitectura mientras tanto. Escondido entre todo esto, el Museo Nezu guarda uno de los jardines tradicionales más bonitos de la ciudad, un secreto con aire acondicionado perfecto para el calor del mediodía. Y para bajar del bullicio, a un par de paradas, los barrios elegantes y tranquilos de Daikanyama y Nakameguro, con su canal arbolado y sus cafés, que el turista con prisa se salta.

Y de ahí, Shibuya, el barrio del cruce de peatones más famoso del planeta y de la estatua del perro Hachikō, símbolo de la lealtad. Es energía Tokio en estado puro: la calle comercial juvenil Center-gai, el parque elevado con tiendas de Miyashita Park, las tiendas oficiales de Nintendo y Pokémon, y callejones de izakayas por todas partes. El remate de la zona, y de mis miradores favoritos del viaje entero, es Shibuya Sky: la azotea a cielo abierto de un rascacielos, a 230 metros, con el cruce a tus pies y, con suerte, el monte Fuji al fondo. Fue mi mirador favorito de Tokio, claramente por encima del Skytree, porque está al aire libre y a una altura desde la que reconoces la ciudad, en vez de mirar una alfombra de edificios desde muy lejos. Súbelo al atardecer y reserva con mucha antelación, porque es lo primero que se agota.

Shinjuku: Tokio a máxima potencia

Si Tokio tiene un barrio que lo resume, es Shinjuku, y es el cierre perfecto. En un radio pequeño cabe absolutamente todo: un enorme jardín imperial (Shinjuku Gyoen, que combina un jardín japonés con estanques, uno inglés de praderas y otro francés geométrico, más un invernadero; el mejor respiro verde antes del caos), la mayor concentración de rascacielos de la ciudad, un mirador gratuito en lo alto del ayuntamiento (las torres gemelas de Kenzo Tange, con vistas a 202 metros sin pagar, y con suerte el Fuji al fondo) y, al caer la noche, el laberinto de neón de Kabukichō, el mayor barrio de ocio del país, con la cabeza de Godzilla asomando sobre un cine.

A mí Shinjuku me resultó el Tokio más agresivo de la vista, puro caos de luces, y es justo lo que hay que ver una noche. Ahora, un aviso para que no te lleves un chasco: los famosos callejones de Omoide Yokocho (una hilera estrechísima de puestos de yakitori entre humo y farolillos, superviviente del Tokio de posguerra, apodada "el callejón de los recuerdos") y Golden Gai (un dédalo de seis callejones con unos 200 bares minúsculos, cada uno con su temática) son muy fotogénicos y merece la pena recorrerlos, pero están bastante más turísticos de lo que sugieren las guías. Ve con las expectativas ajustadas y los disfrutarás; una copa en un bar de Golden Gai es una buena despedida de Tokio sin trasnochar. Para descomprimir, a pocas paradas tienes Shimokitazawa, el barrio bohemio del vintage, los discos y los teatros pequeños, el Tokio más indie y donde mejor se callejea sin guion.

Los miradores: cuál elegir

Vas a querer subir a alguno, así que te lo resumo. El Skytree es la torre más alta de Japón (634 m) y su mirador es el más alto de la ciudad, pero a mí me impresionó más desde fuera, como silueta en el paisaje, que subiendo: desde arriba la ciudad es tan inmensa y uniforme que cuesta identificar nada. Shibuya Sky, más bajo pero al aire libre y con el cruce a tus pies, me ganó de calle. Si solo subes a uno, sube a Shibuya Sky al atardecer; y si quieres unas buenas vistas gratis, el mirador del ayuntamiento de Shinjuku.

Qué descarté y por qué

Tan importante como qué ver es qué no ver, sobre todo en una ciudad donde es imposible con todo. Estas son cosas famosas que me planteé y dejé fuera a conciencia, con el motivo, por si te ahorro la duda:

  • La Tokyo Tower. La torre roja de 1958 inspirada en la Eiffel es preciosa, pero como mirador se queda por detrás de Shibuya Sky y del Skytree, y no vas a subir a tres. Merece verla desde abajo, con el templo Zōjō-ji delante, y seguir.
  • El barrio de Roppongi (con su mirador y sus museos de arte, tipo Mori Art Museum). Su fuerte es la vida nocturna internacional y el arte moderno, que ya cubres con teamLab; en un primer viaje de pocos días no lo echas de menos.
  • El Museo Ghibli. Me habría encantado, y aquí te aviso en serio: las entradas se agotan y van por sorteo con mucha antelación. No cuentes con él salvo que lo reserves en cuanto salgan; yo no pude.
  • Disney (DisneySea) y Universal Studios. Espectaculares, pero son un día entero de colas y multitudes, caros, y bastante poco "Japón" para un primer viaje corto. Si vuelves con más tiempo, otra cosa.
  • Los karts estilo Mario por la calle. Divertidísimos y muy fotogénicos, pero necesitan permiso internacional de conducir y son de lo más turístico. Solo si te hace mucha ilusión.
  • teamLab Borderless, la otra sede "seca": si ya haces Planets, es repetir el mismo tipo de experiencia.

Y dos avisos de expectativas: si no disfrutas de los museos de vitrinas, sáltate el Tokyo National Museum (colección magnífica, poco relato). Y no organices la noche alrededor de los yokocho de Shinjuku esperando un secreto local; recórrelos de paso. Porque lo que de verdad se lleva la palma en Tokio no son los grandes iconos, sino la mezcla de barrios y los rincones tranquilos: mi mejor recuerdo de la ciudad no fue, ni de lejos, el sitio más famoso.

Dónde y qué comer en Tokio

Comer es media ciudad. Tokio es la cuna del sushi edomae (que significa "frente a la bahía de Edo", donde antiguamente se pescaba) y tiene la mayor concentración de ramen del mundo, pero lo mejor es que cada barrio tiene su especialidad. Así que no necesitas reservar sitios con meses: aprende cuatro platos, ten claro en qué zona está cada uno, y déjate llevar.

Lo que es de aquí:

  • Sushi edomae — el sushi moderno nació en Tokio. De altísimo nivel en Ginza (los menús de mediodía son mucho más asequibles de lo que crees); más callejero en Tsukiji.
  • Ramen y tsukemen — el segundo es un ramen "para mojar", con el caldo espeso servido aparte. Los tienes en cualquier barrio.
  • Tempura — las verduras y el marisco rebozados nacieron como comida callejera de Edo; Asakusa conserva las casas clásicas.
  • Monjayaki — la tortilla-plancha líquida típica de Tokio, que te haces tú mismo en la plancha de la mesa. No la confundas con el okonomiyaki de Osaka: esta es mucho más líquida y de untar. Asakusa es buena zona.
  • Chanko-nabe — el guiso de olla con verdura, carne y pescado de los luchadores de sumo, en Ryōgoku, muchas veces en locales llevados por exluchadores.
  • Yakitori — brochetas de pollo al carbón, el alma de los callejones; los mejores, entre humo, bajo las vías del tren.
  • Soba (fideos finos de trigo sarraceno, que en verano se sirven fríos) y unagi (anguila a la brasa sobre arroz, muy de verano): dos clásicos de Edo.

Dónde buscar cada cosa, barrio a barrio:

  • Asakusa (tu base): tempura clásica, monjayaki, y Hoppy-dōri, la calle de izakayas.
  • Tsukiji: el mejor picoteo de marisco de puesto en puesto; ve con hambre.
  • Ryōgoku: el chanko-nabe del sumo.
  • Ueno / Ameyoko: picoteo callejero e izakayas bajo las vías del tren.
  • Ginza: sushi de nivel y los depachika (los sótanos gastronómicos de los grandes almacenes, un espectáculo aunque solo mires y montes un picnic gourmet).
  • Yūrakuchō / Shimbashi: yakitori al humo bajo las vías, el after-work clásico de los oficinistas.
  • Akihabara: ramen, curry japonés y soba de pie, comida rápida y barata.
  • Harajuku: los famosos crepes callejeros, gyukatsu (ternera empanada que te terminas de hacer a la plancha) y sushi de cinta económico.
  • Shibuya y Shinjuku: los yokocho, esos callejones de bares y puestos minúsculos, y ramen por todas partes. La depachika de Isetan, en Shinjuku, está considerada la mejor de Japón.
  • Nikko (si haces la excursión): yuba, la fina nata del tofu, y soba de montaña.

Y no subestimes el konbini (los supermercados 24 horas tipo 7-Eleven o Lawson): en Japón son sorprendentemente buenos para un desayuno, una cena tardía o un capricho, y acaban formando parte del viaje.

Una cosa honesta: no te doy restaurantes concretos a propósito. La comida la fui resolviendo por zonas, sin obsesionarme con locales, y en Tokio eso funciona de maravilla: la clave no es el sitio exacto, sino saber qué se come en cada barrio.

Una excursión desde Tokio: Nikko

Si te sobra un día, mi recomendación es cambiar la típica Hakone por Nikko, un pueblo de montaña a un par de horas al norte con templos Patrimonio de la Humanidad entre bosques de cedros milenarios y, subiendo una carretera de curvas legendaria, un lago volcánico y una cascada famosa. Combina patrimonio y naturaleza como pocos sitios, y en verano se agradece porque allí arriba hace bastante más fresco que en el horno de Tokio. Hay un dicho japonés que dice "no digas espléndido hasta que hayas visto Nikko", y se entiende al llegar. Le dedicaré su propia guía; de momento, quédate con que fue un acierto y que el tren sale directo desde Asakusa, a un paso.

En resumen

Tokio no se entiende intentando resumirla, y si intentas verla entera vas a acabar reventado y sin haber entendido ninguno de sus barrios. Agrupa los días por zona, elige tres o cuatro barrios que sean distintos entre sí, madruga para lo tranquilo, deja las horas de más calor para los interiores con aire acondicionado, y reserva hueco para callejear sin plan, que es cuando la ciudad te sorprende. Si te llevas una sola idea de aquí, que sea esta: en Tokio, el mejor recuerdo casi nunca es el sitio más famoso.