Nara se vende casi siempre como "la ciudad de los ciervos", y esa es la razón por la que mucha gente la despacha en media mañana. Es un error. Los ciervos son lo primero que ves y lo que menos vas a recordar: lo que justifica el día entero son unos templos más antiguos y más colosales que casi todo lo que vas a ver en Kioto.
Le dediqué una jornada completa dentro de mis días de Kioto —el día 11 de mi itinerario de 14 días— y volvería a hacerlo. Fue el día que mejor funcionó de todo el viaje, en parte por lo que hay allí y en parte por una jugada logística que te cuento al final y que te ahorra medio día.
Aquí va lo que ver en Nara en un día, en qué orden, con los avisos que a mí me habrían servido.
Por qué los templos de Nara son los más antiguos
Nara fue la primera capital permanente de Japón, entre los años 710 y 794. Antes de eso la capital se mudaba prácticamente con cada emperador; después, la corte se trasladó a Kioto y de allí ya no se movió en mil años. Ese detalle explica las dos cosas que hacen distinta a Nara.
La primera: sus grandes templos son anteriores a todo lo que vas a ver en Kioto. Se levantaron justo cuando Japón acababa de importar el budismo desde China y quiso demostrar que era una potencia, y lo hizo de la forma más cara posible, con una obra en bronce y madera que estuvo a punto de arruinar al Estado.
Y la segunda, que es la que más te va a afectar en el día a día: como la capital duró menos de un siglo, todo lo monumental quedó concentrado en un mismo sitio. Eso se traduce en algo muy práctico: en Nara el recorrido entero se hace andando y en línea, sin coger un solo autobús. Después de pelearte con los buses de Kioto, se agradece más de lo que parece.
¿Merece un día entero o basta media mañana?
Un día entero, sin dudarlo, y te explico la cuenta. El núcleo de Nara (parque, Tōdai-ji, Nigatsu-dō y Kasuga Taisha) se recorre andando y te lleva unas cuatro horas largas si no vas corriendo. Súmale la comida y el barrio antiguo y te plantas en seis o siete horas. Con el trayecto desde Kioto, es una jornada.
Ahora, si vas muy justo de tiempo en el viaje, esto es lo que yo recortaría por orden:
- Con seis horas: ciervos, Tōdai-ji, Nigatsu-dō y Kasuga Taisha. Es el recorrido esencial y es todo seguido, sin transporte de por medio.
- Con cuatro horas: ciervos, Tōdai-ji y Nigatsu-dō. Sacrificas el santuario de los faroles, que duele, pero es lo que queda más lejos.
- Con menos de cuatro: no vengas. Nara a la carrera es exactamente la excursión de ver ciervos que la gente critica, y entonces sí tendrían razón.
Si todavía estás decidiendo si te cabe, mira antes cuántos días necesitas para el viaje entero: Nara solo tiene sentido a partir de los cuatro días en Kioto.
Un apunte de temporada: gran parte del recorrido es al aire libre y en verano pega fuerte. La ventaja de Nara sobre Kioto es que el bosque de Kasuga da sombra de verdad, así que si vas con calor, deja ese tramo para el mediodía.
Cómo llegar a Nara desde Kioto
Hay dos compañías de tren y no dan igual, así que presta atención a esto porque es lo que más tiempo te puede ahorrar o costar:
- Kintetsu (línea privada): unos 35 minutos y te deja en Kintetsu-Nara, a cinco minutos andando del parque. Hay un Limited Express con asiento reservado que va más cómodo, aunque no es imprescindible.
- JR: tarda algo más y su estación está a veinte minutos andando del parque, o te toca coger un bus.
Yo fui por Kintetsu y volví por JR, y ese cambio de compañía fue deliberado. Te cuento por qué en el último apartado, porque es la mejor idea de todo el día.
Si viajas con algún abono de tren, comprueba antes cuál de las dos compañías te cubre, porque son empresas distintas y no todos los abonos valen para las dos.
Cómo repartí el día
Como decía, aquí no hay traslados que planificar, solo el orden: el parque, el Gran Buda, el pabellón de la ladera y el santuario del bosque están encadenados de oeste a este, y el barrio antiguo te queda de vuelta hacia la estación.
Este es el horario que seguí y que funcionó, por si te sirve de plantilla:
- 08:30 — tren desde Kioto. Salgo temprano a propósito: el calor y los ciervos empeoran a la vez.
- 09:15 — el parque y los ciervos, unos cuarenta minutos. A esta hora todavía no han recibido a media ciudad.
- 10:00 — Tōdai-ji, y le doy hora y media larga. Es el plato fuerte y no conviene mirarlo de refilón.
- 11:30 — subida a Nigatsu-dō, media hora. Es corta, pero es donde me habría quedado más rato.
- 12:15 — Kasuga Taisha, poco más de una hora, contando el paseo por el bosque. Lo dejo para el mediodía a propósito: es la parte con sombra de verdad.
- 13:30 — comida en el centro.
- 14:30 — Naramachi, hora y cuarto callejeando sin plan.
- 16:00 — andando a la estación de JR, veinte minutos, y de vuelta.
Si vas con menos tiempo, recorta por el final: quita Naramachi primero y la comida déjala en algo rápido de puesto. Lo que no recortaría bajo ningún concepto es el rato del Tōdai-ji.
Los ciervos: lo que las fotos no cuentan
Hay más de mil doscientos ciervos sika en libertad por el parque, las calles y los recintos de los templos. Y no están ahí de adorno: en el sintoísmo se los considera mensajeros de los dioses, y durante siglos matar uno se castigaba con la muerte. Hoy son Monumento Natural protegido, y campan como si la ciudad fuera suya, porque en cierto modo lo es.
Lo famoso es que hacen una reverencia para pedirte las galletas que venden por todo el parque. Es verdad, lo hacen, y es tan simpático como parece en los vídeos.
Y ahora el aviso que no te da casi nadie: son bastante más agresivos e insistentes de lo que sugieren las fotos. En cuanto detectan que llevas galletas cambian por completo. Se acercan en grupo, empujan, y es fácil ver persecuciones, tirones de ropa y algún cabezazo. No es peligroso, pero tampoco es la escena tierna de Instagram.
Cómo lo gestionaría yo:
- Compra las galletas cuando ya estés listo para darlas, no antes, y no te pasees con ellas en la mano.
- Dalas rápido y luego enseña las palmas abiertas: es el gesto que entienden para "se acabó".
- Cuidado con mapas, entradas y bolsas de papel: se comen lo que pillen.
- Si vas con niños pequeños, ojo, porque los ciervos son de su altura y no tienen ningún reparo.
Ve a primera hora, cuando todavía no están saturados de comer. A media mañana ya han recibido a media ciudad y están más pesados.
Tōdai-ji y el Gran Buda: la razón del viaje
Este es el motivo por el que existe la excursión, y me pareció mucho más impresionante de lo que esperaba. Que es raro, porque iba avisado.
El Daibutsu-den, el salón que guarda el Buda, fue durante más de mil años el edificio de madera más grande del mundo. Y aquí viene el dato que mejor te hace entender la escala: lo que ves hoy es una reconstrucción posterior que tiene solo dos tercios del tamaño del original. Es decir, el edificio que ya te parece descomunal es la versión reducida.
Dentro está el Gran Buda: quince metros de bronce y unas quinientas toneladas. Fundirlo en el año 752 consumió tal cantidad de bronce y de oro que estuvo a punto de arruinar al país, en una época en la que Japón acababa de importar el budismo de China y quiso demostrar su poder con una obra faraónica. Cuando lo tienes delante, esa historia deja de ser un dato de guía y se entiende sola.
Un detalle que busca todo el mundo y que merece la pena: hay un pilar de madera con un agujero en la base, del tamaño exacto de la fosa nasal del Buda. La tradición dice que quien consigue pasar por él alcanza la iluminación. Verás cola de gente intentándolo y a algún adulto quedándose a medias, que es medio espectáculo.
Reserva aquí hora y media. Es de las pocas visitas del viaje donde no me pareció que sobrara tiempo.
Nigatsu-dō: la mejor vista de Nara, y encima gratis
Esta fue mi parte favorita de Nara, y es la que más gente se salta porque está justo detrás del plato fuerte.
Subiendo por la ladera que hay detrás del Tōdai-ji, por un camino de piedra corto pero en cuesta, llegas a un pabellón de madera colgado sobre pilares al estilo de Kiyomizu-dera, con una terraza abierta que domina toda la ciudad. Se entra gratis, está abierto siempre y sube muy poca gente comparado con el gentío que acabas de dejar abajo.
Lo que lo hace bueno es la combinación: la madera vieja, las vistas y, sobre todo, el silencio después de la marabunta del Gran Buda. Y si hace calor, arriba corre brisa, que en verano no es un detalle menor.
Si solo pudieras añadir una cosa al recorrido obligatorio, añade esta.
Kasuga Taisha y sus tres mil faroles
El gran santuario de Nara, de un bermellón intenso, está escondido dentro de un bosque que lleva mil trescientos años sin talarse, porque se considera sagrado. Ya el camino de entrada merece el paseo.
Lo que lo hace único son sus tres mil faroles: de piedra a lo largo de los senderos, cubiertos de musgo y alineados durante cientos de metros, y de bronce colgando de los aleros del santuario. Los han ido donando fieles durante siglos, y muchos llevan grabado el nombre de quien lo pagó.
El camino de faroles entre los cedros, con los ciervos cruzando entre ellos, es de lo más bonito que vi en todo el viaje a Japón. Y es, además, el tramo con más sombra del día: si vas en verano, déjalo para las horas centrales.
Naramachi: el Nara que no son templos
Después de tanto templo viene bien un cambio de registro, y para eso está Naramachi, el antiguo barrio de mercaderes: callejuelas estrechas de casas de madera tradicionales (las llaman machiya, alargadas y estrechas porque antiguamente se pagaban impuestos según el ancho de la fachada), talleres de artesanía, tiendas de sake y prácticamente ningún turista.
Busca en las puertas unos muñequitos rojos colgados que parecen monitos: son los migawari-zaru, "monos sustitutos", y la creencia dice que absorben la mala suerte de quienes viven en la casa. Una vez los ves, los ves por todas partes.
Y aquí te debo una valoración honesta: a mí me aportó menos de lo que esperaba, pero quiero explicarte por qué, porque la razón te afecta directamente. Llegué a Naramachi después de haber recorrido ya el Yanaka de Tokio, el barrio de las casas de té de Kanazawa y Gion. Comparado con esos tres, se me quedó corto. Si Naramachi es tu primer barrio antiguo del viaje, te va a gustar bastante más que a mí. Si vas al final, como yo, ponlo el último y sin grandes expectativas.
Qué dejé fuera y por qué
En un día no cabe todo, así que estas son las cosas que me planteé y descarté, con el motivo:
- Kōfuku-ji, o mejor dicho su pagoda. Esta es la más importante y te ahorra un chasco: la famosa pagoda de cinco pisos que sale en todas las fotos de Nara está envuelta en andamios de restauración y no se destapa hasta 2034. No se ve absolutamente nada. El recinto sigue siendo gratis y abierto, y te pilla de camino a Naramachi, así que atraviésalo, pero no le reserves tiempo ni cuentes con esa foto.
- Hōryū-ji. A media hora de Nara y con los edificios de madera más antiguos del mundo, del siglo VII. Como barbaridad histórica es difícil de superar. Lo dejé fuera porque se lleva media jornada y eso significaba renunciar a Kasuga Taisha o a la tarde entera. Si Nara te apasiona y le puedes dedicar dos días, es la primera ampliación.
- Isuien, un jardín tradicional precioso junto al Tōdai-ji. Puro respiro verde. Cayó por tiempo, no por calidad; si vas con calma, entra.
- Uji, la capital mundial del matcha, con el templo del Fénix que sale en la moneda de diez yenes. Está también en la línea de tren de vuelta a Kioto, así que era Uji o el plan que te cuento en el siguiente apartado. No hubo color, pero con un día más sería mi siguiente excursión de la zona.
Qué comer en Nara
Dos cosas locales que merecen que las busques, más allá de comer en cualquier sitio:
- Kakinoha-zushi — sushi envuelto en hoja de caqui. No es decoración: la hoja tiene propiedades que ayudaban a conservar el pescado en una ciudad de interior, antes de que existiera el frío. Se come frío, va en piezas pequeñas y es perfecto para llevar y comer en el parque.
- Mochi recién golpeado — el mochi es un pastelito de arroz machacado, y en Nara hay una casa famosa en el centro donde lo preparan a la vista y a una velocidad brutal: dos hombres alternándose, uno con el mazo y otro metiendo la mano entre golpe y golpe para voltear la masa. El espectáculo es la mitad de la compra, y se hace cada poco rato, así que si ves corrillo, acércate.
Como en el resto del viaje, no te doy locales concretos: me moví por zonas y en Nara el centro está todo junto.
La jugada del día: encadenar Nara con Fushimi Inari
Esto es lo que convierte una buena excursión en el mejor día del viaje, y es la razón por la que antes te decía que volvieras por JR.
Fushimi Inari está en la misma línea de tren entre Nara y Kioto. El santuario de los diez mil torii, el sitio más fotografiado de Japón, te queda literalmente de camino a casa: la estación de Inari está enfrente de la entrada.
Y da la casualidad de que la mejor hora para Fushimi Inari es exactamente la hora a la que vuelves. De día es una cola humana entre las puertas naranjas, con gente esperando turno para hacerse la foto. Pero abre las veinticuatro horas, es gratis y está iluminado, y a partir de las seis de la tarde se vacía. Subir al atardecer, con los faroles encendidos y prácticamente solo, fue una de las mejores decisiones que tomé en Japón.
Así que el día encaja solo: Nara por la mañana y primera tarde, andas veinte minutos hasta la estación JR, te bajas en Inari sobre las cinco y subes los torii mientras cae el sol. Dos de los sitios más impresionantes del país en una jornada, sin correr en ninguno de los dos. Tienes el detalle de cómo subir y hasta dónde en la guía de Kioto.
Entonces, ¿vas o no vas?
Ve, y dedícale el día. Nara es la excursión que mejor complementa Kioto precisamente porque no es más de lo mismo: los templos son más antiguos, la escala es mayor y todo se recorre andando por un parque, sin la logística de autobuses que desgasta en Kioto.
Y ve con las expectativas colocadas: los ciervos son la anécdota simpática de la mañana, con su punto de agobio. Lo que te vas a llevar es la escala del Gran Buda y una terraza de madera medio vacía desde la que se ve la ciudad entera.